El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida —Pues yo, tÃo, qué quieres que te diga… Yo no colecciono nada de esto.
Y la mayorÃa de nosotros (la clase media del coleccionismo) acopiamos pedacitos diurnos de nuestro ego: si somos superficiales o frÃvolos, recopilamos los piropos que nos dijeron por la calle, o las miradas furtivas que nos hicieron con envidia o con deseo; si somos alumnos vanidosos, coleccionamos los sigue asà de las maestras más exigentes; si somos buenos amantes, evocamos nuestras acrobacias de cama, o hacemos crecer el número de nuestras parejas hasta traspasar la centena; si estamos viejos o nos hemos quedado solos, coleccionamos el nombre de todos nuestros nietos y sus gestos, o de todos nuestros gatos y sus ronroneos, o de todos los arrepentimientos de nuestra vida; si somos santos o estamos en una granja de rehabilitación, le enumeramos en voz baja a Dios las buenas acciones que hicimos durante el dÃa y esperamos la tristÃsima recompensa; si somos asesinos le hacemos nuevas muescas a la culata de la sociopatÃa; si somos gerentes de banco, apilamos los rostros de los ancianos a los que engañamos congelándoles la pensión para ganar comisiones; si somos futbolistas acopiamos el rugido de la tribuna después de nuestros goles; y si estamos a punto de morir, coleccionamos incluso los parpadeos que indican que todavÃa estamos vivos.
—¡Joder, tÃo! Todo eso haréis vosotros los argentinos. Aquà nos quedamos dormidos sin tanto jaleo.