El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida A los nueve años Marcelino se metió el dedo en el ombligo y descubrió, bien al fondo, un botón parecido a los que se usan para apagar la luz. Ni su mamá, ni su pediatra, ni él mismo lo habían visto nunca porque no podía verse: este interruptor estaba muy al fondo, solamente podía tocarse con la yema de los dedos. Ese día Marcelino estaba en la escuela y se preguntó qué pasaría si apretaba el interruptor. Fue un momento importantísimo de su vida. La maestra explicaba algo sobre las fracciones, y Marcelino hizo ¡clic! en el botón. Primero sintió un zumbido en la cabeza y después muchas ganas de vomitar. Tuvo que cerrar los ojos.
—Ay, qué mareo —dijo Marcelino.
Respiró profundo y escuchó algo nuevo: el silencio absoluto. Le dio tanto miedo la ausencia de ruido que abrió los ojos rápido, y lo que vio fue increíble. ¡Nadie se movía en todo el salón!
La maestra, los chicos, todos, estaban congelados igual que un video en pausa. A la señorita Inés le había quedado la boca abierta y miraba al frente, los árboles de la ventana tenían las ramas quietas, el polvillo de las tizas flotaba sin moverse y sus amigos parecían estatuas.