El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida No sé qué música hubiera escuchado si, a los diez años, mis primas grandes no me hubiesen presentado la música que me acompañó toda la vida. Desde entonces y hasta que me fui de Mercedes, algunos años después, Charly sonó en todos los tocadiscos y los pasacassettes de mi juventud.
Después, durante quince años de mi adultez, viví en España. En general es complicadísimo hacerle entender nuestra música a personas que nacieron tan lejos, o tan a destiempo de la adolescencia propia.
Mientras viví en Barcelona seguí escuchando discos de Serú Girán, de La Máquina, o de Charly solista y todas esas canciones me hicieron sentir la misma fascinación del primer día; lo que cambiaba era el gesto de los que me acompañaban.
En general los nativos no le encontraban la dimensión a los acordes ni a las letras. Pero ¿existía esa dimensión —llegué a preguntarme con miedo— o todo el amor que yo sentía por esa música era nada más que nostalgia por la juventud perdida, o por la patria lejana?
Desde hace unos meses vivo otra vez en Buenos Aires. Ayer salí a caminar por el parque Saavedra y escuché un disco viejo de Charly. Respiré el aire con todos los pulmones y decidí que no, que no era nostalgia: esa es realmente la mejor música que existe.