El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Me salvé de la colimba y de la guerra. Me salvé de ser vegetariano. Me salvé de muchas cosas horribles. Pero no pude esquivar la bala más dolorosa: llevar a mi hija a un concierto de Violetta. No le pude decir que no, porque en el fondo yo mismo le inculqué el consumo de cosas argentinas.
Entonces, cuando Violetta vino a Barcelona, la tuve que llevar. Es espantoso, porque cuando llegás tu hija se convierte en una masa de quince mil nenas iguales, que gritan todas al mismo tiempo.
Cuando los de seguridad amagan con abrir la puerta, ellas gritan. Cuando se escucha de fondo una prueba de sonido, gritan más fuerte. Cuando entramos por fin al estadio, aúllan todas juntas.
El olor del pochoclo dulce siempre me descompuso del estómago. Además no entro en mi butaca, estoy incómodo. Me pongo auriculares para escuchar la radio, pero es imposible. Saco un libro de mi mochila pero no puedo leer porque de repente, ¡chuf!, se apagan las luces. Y cuando se apagan las luces todas gritan más fuerte.