El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Pero nadie me escucha, ni arriba del escenario ni abajo. A mi izquierda, el papá de unas mellizas está tratando de suicidarse con el filo de una lata de Fanta, pero no lo consigue. Y más allá otro padre intenta escaparse solo del estadio. En el escenario empieza a sonar un rocanrról espantoso. Parece que es una canción muy esperada, porque las quince mil criaturas saltan de las butacas numeradas y se apretujan contra la baranda. Y bailan, y gritan y se funden en una especie de budín de nenas recalentadas.
De repente ningún padre encuentra a su hija, y entonces se suman al dolor de oído los propios gritos paternos:
—¡Jenifer!
—¡Aldana!
—¡Señorita Marianela!
(Este último grito es de una niñera.) Qué suerte que tienen los padres ricos, que mandan a sus hijas al concierto con la empleada.
Yo tampoco encuentro a Nina, pero no puedo gritar porque me empezaron a sangrar las encías. Si grito salpico a todo el mundo. Por suerte el concierto empieza a terminar. Me doy cuenta porque el volumen está cada vez más fuerte y porque me acaba de explotar el ojo derecho. Hizo ¡plop! y se oscureció medio recital.