El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Las quince mil nenas se mueven por todas partes con la misma soltura que las ratas en las calles de la Francia antigua. Y de lejos veo a Nina, a mi hija. Está arriba de un parlante de seis metros, bailando con un desenfreno que nunca en la puta vida le puso a la limpieza de su habitación.
Me guardo mi ojo derecho en el bolsillo, subo a mi hija a mis espaldas y empiezo a correr. No oigo nada, solamente siento un zumbido en el cerebro, igual que los soldados cuando les cae una granada cerca. Sigo las flechas del suelo entre el humo y la barbarie y de repente salimos a la calle. ¡Ah, aire…! Hay ambulancias y paramédicos en la vereda, muchos padres heridos, otros deambulando sin rumbo; muchísimas nenas peladas de tanto arrancarse las mechas.
Yo empiezo a llorar de miedo, y entonces mi hija me abraza fuerte y me dice:
—Fue el día más feliz de mi vida, papá —eso me dice.
Y entonces me doy cuenta de que ir a un concierto pop infantil no es como ir a la guerra. Es peor que ir a la guerra. Pero ojalá todas las guerras terminen así, con una hija feliz apretándote fuerte en el medio del caos.