El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Solamente puedo escribir cuando se me antoja. No tengo eso que se llama el oficio. Para peor, se me antojan pocos temas: mi hija, los cambios en la sociedad, el fútbol, la hipocresía en las relaciones y la exageración de un tiempo anterior o un sitio querido. En todos mis libros y en mi blog personal no encontrarán más que variaciones sobre esos tópicos. También verán, si escarban un poco, un par de baches de silencio. Ahora estoy en medio de uno.
Cuando me pregunto por qué no pude sentarme a escribir en estos meses, tengo un puñado de respuestas. A veces me parecen excusas pelotudas, pero suelen esconder una verdad. Las razones son estas:
España ya no me importa ni para burlarme
Desde hace quince años vivo en otro país. Los primeros cinco escribí mucho contra las costumbres de ese país. Los siguientes cinco quise entenderlas, a ver si me gustaban; pero no me gustaron. Entonces cinco años atrás les di la espalda a esas costumbres, me encerré en casa y solo bajo al garaje para que Cristina me lleve al aeropuerto.
Hoy sé lo mismo de España que de Bulgaria o Persia. No sabría qué decir sobre España. No trabajo acá, no me relaciono con nativos ni camino sus calles. Permanezco en la patria de mi hija porque quiero vivir con ella.