El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Javier y Alejandra tienen un caserón enorme en el barrio montevideano del Prado, con piscina y cuatro perros, con obras de arte y muebles caros en habitaciones de techos altos, y hasta una casita de huéspedes detrás del jardín. También tienen un apellido con estirpe: de hecho, Javier desciende directamente del prócer oriental más célebre. Sin embargo, cuando llegamos de visita aquella noche nos invitaron a tomar mate en la cocina.
Esa es la primera gran diferencia entre nuestros países: aunque tengan mucho dinero o abolengo, los uruguayos no saben ser conchetos, y eso siempre es un alivio muy grande.
Esa noche de la que hablo era el 6 de diciembre de 2016. Un año antes yo había tenido un infarto en la casita de huéspedes donde ellos nos alojaban por casualidad. Fueron días muy movidos cuando infarté, y ellos nos dieron una mano enorme: primero me llevaron al hospital y después ayudaron a Julieta con los trámites médicos. Por eso, justo un año después, habíamos vuelto a Montevideo para agradecerles la hospitalidad.
También aprovechamos para contarles algo que solamente sabía nuestra familia: «Vamos a ser padres», les dije, ni bien el mate estuvo listo.