El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Era un loft hermoso, amplio, casi sin muebles. Lo más caro que le compré fue un sommier de plaza y media, con resortes bicónicos, porque en 1998 lo único que me importaba era dormir. Se lo alquilaba a un alemán viudo que vivía en el primer piso con su hija. Hans era un pelado de ojos tristes que recibía el Deutsche Post. Sandra tenía mi edad, unos veintisiete. Cuando Hans me alquiló la casa y me explicó los detalles, no me avisó que su hija tenía problemas.
Las primeras dos semanas vi a Sandra pocas veces —cuando entraba o salía del garaje, que compartíamos— y puse en la balanza los pro y las contras de seducirla y acostarme con ella. No era especialmente linda, tampoco fea, pero su aspecto no importaba: a esa edad yo sopesaba esa opción con cualquier mujer que se cruzara en el camino.
Como Chiri estaba recién casado, mi amigo y confidente de entonces se llamaba Costoya. Éramos solteros, trabajábamos de cero a nueve en una empresa de clipping y nuestra vida social estaba atravesada por el sueño permanente.
Era complicado mantener una relación amorosa con los horarios al revés: había que conseguir mujeres dispuestas al sexo antes del mediodía, porque a la tres de la tarde necesitábamos dormir para levantarnos a la noche, bañarnos y volver al clipping.