El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Teníamos dos temas únicos de conversación mientras escaneábamos la prensa: con quién nos estábamos acostando, y qué nuevo truco habíamos encontrado para dormir mejor. Incluso si el tema era otro (política o libros) en el fondo hablábamos únicamente sobre coger sin quedarnos dormidos.
Una madrugada le expuse a Costoya la situación con la hija de Hans: «Ventajas: es alemana, es tetona, parece callada y, sobre todo, la tengo a mano antes del mediodía. Contras: de cara se parece un poco a Beckenbauer», le dije, y lo miré para que diera su veredicto.
Pero Costoya no me escuchaba, porque tenía sus propios problemas. Había salido de una relación complicada y a su ex, una guionista en ciernes, le empezaba a ir bien. Costoya había perdido su casa y sus dos gatos (a las tres cosas se las quedó ella) y vivía de prestado en un departamento amigo. Extrañaba muchísimo a sus gatos; estaba triste y lleno de bronca. Razones de la tristeza de Costoya: había encontrado a su mujer con otro; el otro era su coguionista; la serie que escribían juntos arrasaba en el rating. Razones de su bronca: la foto de su ex aparecía en los diarios, Costoya se levantaba a medianoche para recortar la prensa; Telefé era cliente.