El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida En la empresa de clipping éramos quince trasnochados de edades diversas. Fue mi único trabajo de oficina en el que no hubo idiotas. Con mis catorce compañeros compartíamos un sarcasmo construido entre todos. Ellos eran graciosos y se drogaban bien. Nos aburría mucho lo que hacíamos (escanear y recortar) y nos burlábamos con gracia de nuestras vidas. Cuando alguien encontraba una noticia sobre la ex de Costoya, cacareaba. Esos cacareos, a las cinco de la madrugada, nos hacían sentir bien.
Mis problemas diurnos eran más simples. ¿Debía seducir o no a la hija de Hans? Yo no era un ganador; nunca supe conquistar mujeres en bailes ni en reuniones ruidosas; mi fuerte no era la primera impresión. Pero si me ponían cerca a una vecina o a una panadera del mismo barrio, yo tenía un método eficaz en cuatro tiempos: Día 1: Hacerla sonreír e irme. Día 2: Hacerla reír fuerte e irme. Día 3: Hacerla lagrimear con una historia e irme. Día 4: Decir algo cursi y quedarme. En general, algo bueno pasaba al quinto día.