El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Empecé a poner en práctica el método con la hija de Hans, pero cuando iba por el Día 2, por suerte, me salvó la campana. Fue un miércoles. De repente desperté de la siesta con un grito raro, poderoso, que retumbaba en mi casa. Era la voz de Sandra, que sonaba muy cerca. Salí al patio y miré arriba. La vi en camisón: las tetas alborotadas, el pelo sobre la frente. Se quería tirar desde su ventana a mi patio. Hans la abrazaba para que no cayera.
Volví adentro como un cobarde; sentí que no me debía meter en la intimidad de la familia. Al rato no escuché más ningún grito y retomé el sueño.
Dos horas después Hans me golpeó la puerta para pedir disculpas. Odiaba las interrupciones de la siesta, porque era todo el descanso que me podía permitir. Dormir, en esos años, era lo único importante. Lo hice pasar, pero Hans no quiso. Desde el marco me informó, por primera vez, que su hija era esquizofrénica. Matizó: «Está en tratamiento constante, a veces tiene estas recaídas, pero no es habitual». Y agregó: «En casa no hay tijeras ni nada filoso, no tenés por qué preocuparte».