El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Cuando volví a casa, el lunes siguiente, Costoya y su novia me habían dejado la llave debajo de la alfombrita del garaje y un regalo sobre la mesada: una batidora eléctrica. Junto a la batidora —blanca, nuevita— había una nota de agradecimiento: «No tenés artefactos de cocina, sos un desastre. Si nos dejás volver algún otro fin de semana, te podemos traer más».
Ese martes le dije a Costoya que no hacían falta regalos, que podía usar mi casa cuando quisiera sin nada a cambio. Él me rebatió con argumentos: «Me gusta cocinarle a las mujeres porque se ponen mimosas. Pero no tenés un carajo para cocinar, y ella puede sacar aparatos al costo de su trabajo. Yo juego a ser chef y a vos te queda la cocina de Arguiñano». Me pareció bien.
Costoya y la novia empezaron a usar mi casa todos los sábados y domingos que yo me iba a la provincia. No solo me dejaban siempre un regalo arriba de la mesada (una juguera, una moulinex, un hervidor de mate) sino que antes de irse ponían la casa de punta en blanco, con olor a limpio, y nunca olvidaban dejarme la llave bajo la alfombrita de garaje.