El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Se hizo tan rutinario el intercambio que algunos martes, al llegar al clipping, me olvidaba de agradecerle a Costoya el nuevo regalo del lunes. Por eso el dÃa que llegué y no hubo ningún obsequio sobre la mesada me pareció de lo más normal y tampoco le dije nada. ¿Qué iba a decirle? «¿Por qué esta vez no tengo nada nuevo de Garbarino?». Hasta me alivió un poco la ausencia de electrodoméstico. Yo ya tenÃa batidora, procesadora, cafetera, tostador, amasadora… Ya no habÃa enchufes en casa para tantos artefactos.
Ese martes a la noche resultó muy divertido el trabajo del clipping porque, en el suplemento espectáculos de ClarÃn, salió una entrevista larga a la exmujer de mi amigo. En la foto principal, enorme y a color, ella acariciaba a dos gatos. Eran los gatos de Costoya, sus amores perdidos en el divorcio. Cacareamos mucho toda esa madrugada.
Volvà a casa a media mañana, harto de reÃrme y con tremendas ganas de dormir. Me bajé del 59 en Cabildo y cuando llegué a Olazábal oà dos ambulancias y mucho ruido de vecinos alterados. Me quedé quieto en la esquina de mi casa. Hans, mi casero, se agarraba de los pelos e intentaba abrazar el cuerpo de su hija, que salÃa en una camilla mortuoria, tapado con una sábana celeste.