El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Me dio un cosquilleo de ansiedad. No supe qué hacer. De nuevo me sentí una mascota de ellos. Caminé en redondo, con la misma confusión de un perro que ve a uno de sus dueños sin vida; percibí en el aire el olor de la muerte. Quería olfatear el cuerpo, quería salir corriendo. Quería rascarme las pulgas, acurrucarme y dormir.
Supe que no podría pasar a mi casa y tirarme en el sommier, porque aquello era un polvorín de enfermeros y policías que entraban y salían. Tampoco podía acercarme a indagar, porque me caía de sueño. No es que no sintiera pena por Hans, o por lo que pudiera haberle pasado a Sandra. Lo sentía mucho. Pero dormir, en esos años de mi vida, fue casi lo único que me importó de verdad.
Lo llamé a Costoya con mi móvil de kilo y medio. Le pregunté si podía ir a acostarme a su casa. Habitualmente su compañero de piso trabajaba de día y solía haber una cama libre. Crucé los dedos. Me dijo que sí, que me tomara un taxi, que no había problemas.
Y agregó, antes de cortar:
«Si ahora vamos a prestarnos las casas mutuamente, querido, devolvé el regalo del domingo».