El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Hoy, catorce de julio de 2015, se cumplen veinte años de un hecho intrascendente que (por mi culpa) generó malestar diplomático en un país hermano y le trajo problemas a mi mejor amigo Chiri. Tiene que ver con el robo de símbolos patrios en territorio extranjero. Específicamente, un retrato presidencial. Lo conté hace cinco años en la revista Orsai (ese fue mi error), pero es necesario refrescarlo en este aniversario. Ocurrió el catorce de julio de 1995 y ya es hora de que se levante ese castigo injusto.
En 1995 empecé a trabajar en una revista de economía que se llamaba Énfasis, en Buenos Aires. Yo usaba traje, era flaco: hermoso. Un par de meses después de que me aceptaran en el empleo, logré que incorporaran también a Chiri. El señor Weigandt, el director de la revista, tomó a mi amigo a prueba durante una semana, para ver si funcionaba.
Su primera labor, la prueba de fuego de Chiri, fue ir a la Embajada de Paraguay a conseguir una foto del presidente Wasmosy. Estábamos cerrando un especial de logística sobre el Mercosur y solamente nos faltaba esa foto; ya nos empezábamos a desesperar por esa foto. Chiri entendió, en su primer día de trabajo, que si cumplía ese recado menor, pero urgente, podría obtener una buena impresión inicial. Entonces dijo:
—¡No se preocupen, ya está hecho! —y se fue.