El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida El mes pasado me invitaron a presentar un libro en Buenos Aires. Y como era un libro sobre fútbol, al final de la charla el director de la editorial nos invitó a jugar un partido de metegol (ese invento español al que sus creadores llaman, erróneamente, futbolín). Hacía años que no jugaba al metegol, pero por suerte me tocó de compañero un filósofo muy prestigioso y pudimos ganar. Nuestros contrincantes eran el autor del libro y el director de la editorial. De los tres, a este último lo conocía desde la juventud.
Jugamos dos partidos enteros y los destrozamos con una facilidad pasmosa: hacía años que no practicaba este falso deporte de muñecas y reflejos, pero descubrí que no había perdido las mañas. Eso me hizo sentir bien: a mi edad cualquier destreza que mantengamos indemne, por más pelotuda que sea, se convierte en una gran noticia.