El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Después de la charla algunos fotógrafos hicieron imágenes del partido de metegol y las subieron a Twitter. Cuando volví a casa recibí un mail de Chiri, mi mejor amigo desde la infancia. Me decía que había visto las fotos y se sorprendía de que mi compañero haya sido el mismo filósofo al que admirábamos en la juventud. «Vos, jugando al metegol con Tomás Abraham; solamente puede pasar en un sueño», me decía. Y era verdad. En un momento, durante el partido, me imaginé con diecisiete años mirando por la ventana de la librería Gandhi esa escena del futuro, y sonreí.
Ese recuerdo momentáneo me desconcentró del juego y justo en ese momento me hicieron un gol (el único que recibí esa noche; yo defendía la zaga). Fue un gol con molinete de Gonzalo Garcés, el director de la editorial Galerna, y él, con injusticia, me lo festejó en la cara de un modo muy antideportivo, como si se tratara de la final del mundo.
Entonces me vino a la cabeza algo que ya conté muchas veces en sobremesas con amigos, y que ocurrió la noche en que lo conocí a Gonzalo, cuando los dos éramos adolescentes.