El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida En ese entonces (sería el año noventa y uno) me gustaba mucho pasar los veranos en Mercedes, mi pueblo, porque mis padres se iban de vacaciones y me dejaban la casa sola. Mi amigo Chiri llegaba los viernes muy de madrugada, y pasaba por casa para ver si yo estaba despierto. Si veía luz en la habitación me tocaba timbre y nos emborrachábamos por ahí. Si no veía luz, entraba por la ventana de mi cuarto a oscuras y me despertaba de maneras horribles: a veces me tiraba agua en la cara, o me pegaba una patada en la panza. O me metía un gato entre las cobijas. O se subía arriba de las mantas y empezaba a bombearme desde atrás como un amante desenfrenado. El objetivo era despertarme siempre de una manera creativa.
Pero cierto fin de semana pasó que, por la tarde, conocí a Gonzalo Garcés (que entonces era una promesa de escritor de diecisiete años) y lo invité a pasar un fin de semana a Mercedes. Gonzalo ya era entonces el cachorro de lo que es hoy: una persona fina, siempre muy bien bañado, de clase acomodada y sereno. De hecho, se había convertido un año antes, a los dieciséis, en el crítico literario más joven en la historia del diario porteño La Nación. Un prodigio, Garcés. Siempre lo fue.