El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Durante media hora me sentí feliz. Leí mails, respondí consultas, bebí, fumé como un escuerzo, y entonces el hombre canoso, que estaba a mi derecha, empezó a hablar por su celular. No lo hacía en voz muy alta. Pero enseguida dijo una frase que me hizo parar la oreja. Dijo: «Duhalde ya está adentro».
Para que el lector extranjero entienda, en Argentina hay dos Duhaldes. Uno es bueno, el otro es malo. Como el bueno se murió hace poco, el hombre del puro hablaba del otro, del expresidente del país. Y cuando un cincuentón de traje, con un puro en la boca, sentado en el sofá de un Cuban Club de Recoleta dice por teléfono la frase «Duhalde ya está adentro», uno empieza a extrañar España.
Todo pudo haber terminado ahí, pero no terminó. Diez minutos más tarde se abrió la puerta y desde la calle Posadas entró el Adolfo. Bronceado, de impecable traje sport. Saludó al del puro, que se levantó de su silla y lo palmeó. El Adolfo dijo: «¿Seguro está adentro?». El del puro asintió en silencio.
Para que el lector extranjero entienda, en Argentina solo a dos personajes se los reconoce con el nombre de Adolfo, a secas. Uno es bueno, el otro es malo. Como el bueno se murió hace un tiempo, el hombre que acababa de llegar era Rodríguez Saá, expresidente del país durante los siete días más largos del año 2001.