El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida El Adolfo se sentó tan cerca de mí que tuve que mover la mesita ratona y reacomodar la portátil. Mantuvimos un brevísimo diálogo, muy amable. Yo le dije: «¿Te molesta la mesa?». Él me dijo: «Si a vos no te molesta, a mí tampoco». Y desde ese momento nuestros codos se tocaron durante una hora. Y mi oreja estuvo a treinta centímetros de su boca todo el tiempo.
Escuché, haciéndome el boludo, una conversación en clave de la que no entendí nada. «El que te dije», «ahora no que hay sudestada», «hay que mantenerlo aparte», ese tipo de frases que solamente se entienden dentro de un contexto, y que únicamente dejan claro que son turbias. Esas frases que, dichas por ciertas bocas, hacen que el perro de pavlov que todos llevamos dentro empiece a temblar de nuevo.
Y allí fue, en ese momento, mientras el puzzle más rancio de la política argentina intentaba rearmar su estrategia, que descubrí el micrófono.
Primero me palpé el bolsillo y creí que era mi celular. Pero cuando lo saqué de su sitio noté que era más cuadrado y pesado, y que tenía una luz roja palpitante, y que tenía un visor con una frecuencia encendida, y que tenía un cable interno que seguía por debajo de mi camisa, un cable que terminaba en un corbatero abrochado en mi segundo ojal desde hacía horas. Justo un poco más abajo de mi papada.