El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida De repente todo me pareció irreal. ¿Qué hacÃa yo, en un salón de puros de la Recoleta, codo a codo con un expresidente bronceado, tomando tónica y habilitando por mail a distribuidores holandeses de una revista, con un micrófono de C5N encendido a treinta centÃmetros de una conversación que habÃa empezado con la frase «Duhalde está adentro» y que sabe Dios cómo terminarÃa? ¿Qué hacÃa yo ahÃ, y no en mi casa fumando un porro? ¿Por qué bebà sirope de arce con limón durante diez dÃas? ¿Por qué, a los cuarenta y pico de años, me sigue importando tener papada?
Pagué lo más rápido que pude mi tónica con limón y me subà a un taxi. TenÃa que devolver ese micrófono urgente. Horas más tarde mi mujer me dirÃa que habÃa sonado mi teléfono mil veces en Luján, que la gente del canal estaba desesperada y que me odiaron mucho, porque después de mi entrevista venÃa otra y tuvieron que salir a buscar corbateros a otro piso.
Pero yo entonces no sabÃa todo eso. Yo viajaba en taxi por Buenos Aires, de camino otra vez a la calle Fitz Roy, y pensaba, con sorpresa, que no me habÃa sorprendido en absoluto la conversación engañosa entre esos dos hombres en el salón del Cuban Club. Me habrÃa sorprendido, pensé, si uno de los dos hubiera dicho «tenemos que hacer algo por este paÃs de una vez por todas» o alguna frase por el estilo. Me hubiera sorprendido eso.