Los Nueve Libros de la Historia
Los Nueve Libros de la Historia XIX. Estábalo Amintas mirando quieto, por más que mirase de mal ojo, aturdido de miedo del gran poder, de los persas. Hallábase allĂ presente su hijo Alejandro, prĂncipe, joven, no hecho a disimular para acomodarse al tiempo, quien siendo testigo ocular de aquĂ©lla infamia de su real casa, de ninguna manera quiso ni pudo contenerse. Penetrado, pues, de dolor y vuelto a su padre: —«Mejor será, padre mĂo, le dice, que tengáis ahora cuenta de vuestra avanzada de edad; idos por vida vuestra a dormir, sin tomaros la larga molestia de esperaros a que esos señores se levanten de la mesa, pues aquĂ me quedo yo hasta lo Ăşltimo para servir en todo a nuestros huĂ©spedes». Amintas, que desde luego dio en que su hijo Alejandro, llevado del ardor de su juventud, podrĂa pensar en obrar como quien era y como pedĂa su honor, replicĂłle asĂ: «Mucho será, hijo mĂo, que me engañe, pues leo en tus ojos encendidos y estoy viendo en esas tus cortadas palabras, que con la mira de intentar algĂşn fracaso me pides que me retire. No, hijo mĂo; por Dios te pido que, sĂ no quieres perdernos a todos, nada intentes contra esos hombres. Ahora importa sufrir disimulando, presenciar lo que no puede mirarse y coser los labios. Por lo que me pides, me retiro sin embargo, y quiero en ello complacerte».