Los Nueve Libros de la Historia
Los Nueve Libros de la Historia XVIII. Luego que los embajadores persas enviados a Amintas llegaron a presencia de éste, cumpliendo con su comisión, pidiéronle con su fórmula de homenaje que diese la tierra y el agua al rey Darío, a quien no sólo convino Amintas en prestar obediencia, sino que hospedó públicamente a los enviados, preparándoles un magnífico, banquete con todas las demostraciones de amistad y confianza. Al último del convite, cuando se habían sacado ya los vinos a la mesa, los persas hablaron a Amintas en esta Conformidad: —«Uso y moda es, amigo Macedon, entre nosotros los persas, que al fin de un convite de formalidad vengan a la sala y tomen a nuestro lado asiento nuestras damas, no sólo las concubinas, sino también las esposas principales con quienes siendo doncellas casamos en primeras nupcias. Ahora, pues, ya que nos recibes con tanto agrado, nos tratas con tanta magnificencia, y lo que es más, entregas al rey nuestro amo la tierra y el agua, razón será que quieras seguir nuestro estilo tratándonos a la Persiana». —«En verdad, señores míos, les responde Amintas, que nosotros no lo acostumbramos así, no por cierto; antes el uso es tener en otra pieza bien lejos del convite a nuestras mujeres; pero pues que las echáis menos, vosotros, que sois ya nuestros dueños, quiero que también en esto seáis luego servidos». Así dijo Amintas, y envía al punto por las princesas, las cuales llamadas, entran en la sala del convite, y toman allí asiento por su orden enfrente de los persas. Al ver presentes aquellas bellezas, dicen a Amintas los embajadores que no andaba a la verdad muy discreto en lo que con ellas hacía, pues mucho más acertado fuera que no viniesen allí las mujeres, que no dejarlas sentarse al lado de ellos una vez venidas al convite, pues el verlas fronteras era quererles dar con ellas en los ojos, que es lo que más irrita los afectos. Forzado, pues, Amintas, manda a las mujeres que se sienten al lado de los persas, quienes habiendo ellas obedecido, no supieron contener sus manos con la licencia que les daba el vino, sino que las llevaron a los pechos de las damas, y no faltó entre ellos quien se desmandase en la lengua.