Los trabajos y los días

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Cuando, volviendo hacia el comercio tu espíritu aturdido, quieras huir de la escasez y el hambre ingrata, te mostraré las normas del rumoroso mar, aunque no estoy bien impuesto en navegación ni en naves (228). Porque jamás me embarqué en nave sobre el ancho ponto, de no ser a Eubea, de Aulis (229), donde otrora los Aqueos, esperando el fin de una tormenta, reunieron numerosa hueste de Hélade santa, con destino a Troya, la de lindas mujeres (230).

Allá fui yo: hacia los juegos de Anfidamante (231), y rumbo a Caléis (232), hice mi travesía. Y muchos fueron los premios que, previamente designados, ofrecieron los hijos de aquel procer. Allí es donde proclamo que yo, vencedor en un himno, me llevé un trípode con asas (233), el que yo mismo dediqué a las Musas de Helicón, en el sitio en que por vez primera me encauzaron por las rutas del armonioso canto (234).

A esto se reduce mi experiencia en naves de muchos clavos. Mas, aun así, diré la voluntad de Zeus egidíforo: las Musas me enseñaron a cantar un himno imponderable (235).




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