Los trabajos y los días
Los trabajos y los días Las jarcias, bien dispuestas todas, guárdalas en casa y pliega en orden las alas de la nave (220) surcadóra del ponto. El bien trabajado timón, cuélgalo sobre el humo (221). Y tú mismo espera a que llegue la sazón de navegar.
Sólo entonces has de sacar a la mar tu navio ligero, y en él disponer cargamento adecuado, para que puedas llevarte el beneficio a casa, como hacía mi padre (222)—¡el tuyo, gran tonto de Per-ses!—, que singlaba en naves, precisado de medios de vida. El llegó aquí un día, después de cruzar vastos caminos del mar, tras partirse de Gime, la cólica (223), en una nave negra; no huía de opulencia, fortuna o bienestar, sino de la maldita pobreza que Zeus da a los hombres (224). Y se afincó cabe el Helicón (225), en triste aldea: en Ascra (226), por invierno, mala, en estío, penosa, nunca agradable.
Tú, Perses, acuérdate de los trabajos—todos en su tiempo—y, si se trata de la navegación (227), más todavía. Elogia la nave pequeña, pero pon la carga en una grande. Si mayor es la carga, mayor beneficio sobre beneficio será, siempre que los vientos se abstengan de malos vendavales.