El Eternauta
El Eternauta Continuaron avanzando. Cada edificio revisado era un testimonio del colapso humano: habitaciones saqueadas, juguetes abandonados, platos a medio comer. Vidas interrumpidas sin aviso. Y en medio de esa devastación, un faro de esperanza: la base de la resistencia.
No era lo que esperaban.
Un viejo edificio tomado por hombres armados. Soldados. Sobrevivientes. Líderes improvisados. Entre ellos, el General Mendéz. Un hombre curtido, autoritario, decidido.
—Esto no es solo Buenos Aires. No es Argentina. Es el mundo entero —les dijo—. Estamos bajo ataque. Y estamos perdiendo.
La revelación cayó como un martillo. Ya no se trataba de sobrevivir unos días. Era una guerra. Una guerra en la que el enemigo no hablaba, no mostraba rostro, no negociaba. Solo avanzaba.
Juan, con su instinto de ingeniero, comenzó a colaborar. Reparó sistemas eléctricos, mejoró transmisores, diseñó mejoras para los trajes protectores. Favalli se convirtió en estratega. Franco, en un soldado improvisado. Cada uno tomó un rol en esa resistencia caótica, desesperada, humana.