El Eternauta
El Eternauta —No somos el ejército nacional —decÃa el General Mendéz—. Pero vamos a pelear como si lo fuéramos.
Juan Salvo se integró por completo. Ya no era solo un sobreviviente. Era un combatiente. Favalli, con su mente racional, se convirtió en consejero táctico. Franco, cada vez más endurecido, asumió el rol de soldado con una frialdad que antes no tenÃa.
Las misiones eran letales. Salidas nocturnas para recuperar equipos, atacar pequeñas patrullas de Hombres-Robot o rescatar civiles aislados. Cada salida era una ruleta rusa. La nieve aún caÃa. Los cascarudos seguÃan patrullando desde el aire. Los Gurbos caminaban las calles con sus pasos monstruosos.
Una noche, en medio de una operación de sabotaje, Juan y su escuadra fueron emboscados. Las esferas voladoras lanzaron una nueva arma: una sustancia fosforescente que, al contacto, anulaba los trajes protectores.
—¡Atrás! ¡Cúbranse! —gritó Juan mientras arrojaba una granada improvisada.
El estallido salvó sus vidas, pero uno del grupo cayó. No habÃa tiempo para llorar. Siguieron avanzando, destruyendo una estación de radio enemiga, recuperando apenas unas horas de ventaja.