El Eternauta
El Eternauta Lo que al principio parecía una curiosidad meteorológica pronto se reveló como una anomalía letal. Un manto blanco que no era nieve, sino muerte. En pocos minutos, comprendieron que todo aquel que quedaba expuesto al contacto con esos copos perecía de inmediato. Animales, personas, todo lo vivo caía con solo tocar la sustancia que flotaba en el aire.
—¡Es una nevada venenosa! —gritó Favalli, el más racional y científico del grupo.
El caos no tardó en apoderarse de la ciudad. Pero en esa casa de barrio, el pequeño grupo, junto a la esposa de Juan y su hija Martita, hicieron lo impensable: resistir. Con ventanas cerradas herméticamente, improvisaron una especie de búnker doméstico, sellando cada grieta, cada rendija, utilizando trapos húmedos, lonas, todo lo que tuvieran a mano. El miedo se respiraba en el aire más que el propio oxígeno.
El mundo exterior se apagaba. Las noticias cesaron, las voces del barrio enmudecieron. Juan y los suyos se convirtieron en náufragos de una tormenta blanca, suspendidos en el tiempo.
—No es una catástrofe natural —dijo Favalli mientras reforzaba una ventana—. Esto es organizado. Planeado.
La mente del lector, como la de los personajes, se negaba a aceptar lo absurdo. Una nevada venenosa. ¿Era una guerra? ¿Un experimento? ¿Una invasión?