El Eternauta
El Eternauta Días después, al asomarse al exterior con trajes improvisados hechos de goma, lona y máscaras de gas, comprobaron lo evidente: la ciudad estaba muerta. Ni un sonido. Ni un movimiento. Solo cadáveres congelados, autos detenidos en medio de las calles, casas abiertas como heridas. El silencio lo cubría todo.
La nieve seguía cayendo. Blanca. Suave. Implacable.
En medio del desastre, Juan Salvo comenzó a cambiar. No físicamente, aún no. Pero sí en su interior. Su mente, que antes se ocupaba de cosas pequeñas, comenzó a expandirse, a pensar en lo impensable. No había vuelta atrás. Habían cruzado un umbral.
Y fue entonces cuando entendió: estaban solos. No había ayuda. Nadie vendría a rescatarlos. El mundo había dejado de funcionar.
—Tenemos que prepararnos —dijo Juan con voz tensa—. Porque esto recién empieza.
Y tenía razón.
El encierro como resistencia. Los primeros enfrentamientos con lo desconocido.