El Eternauta
El Eternauta El hogar de los Salvo ya no era un simple refugio. Se habÃa convertido en una trinchera en medio de un campo de batalla invisible. La nieve mortal seguÃa cayendo, persistente, y el grupo —Juan, Favalli, Lucas, Polski, Elena y la pequeña Martita— se aferraba a la rutina como una forma de no perder la cordura.
Pero el tiempo no perdona. La comida escaseaba, las reservas de agua se reducÃan, y la tensión empezaba a morder los bordes de la esperanza.
—Hay que salir. No podemos resistir eternamente encerrados —dijo Favalli.
La idea era suicida, pero también inevitable. Juan, con su ingenio técnico, perfeccionó los trajes aislantes para enfrentar la intemperie. Lonas de goma, máscaras, tubos de oxÃgeno. Todo casero. Todo improvisado. Un escudo de humanidad contra lo desconocido.
—Vamos a revisar casas cercanas —propuso Juan—. Buscar comida. Herramientas. Y lo que sea útil.
Asà comenzó la primera expedición. Calles desiertas, cadáveres cubiertos de nieve como esculturas macabras. La ciudad era una maqueta estática de la civilización colapsada. En una escuela, encontraron vÃveres y juguetes congelados; en una farmacia, medicamentos intactos. Todo parecÃa detenido en el segundo exacto del apocalipsis.
Pero no estaban solos.