El Eternauta
El Eternauta En una de las casas cercanas encontraron a un grupo de sobrevivientes: el viejo Mosca, Franco, Pablo y varios más. Tan desesperados como ellos. Se sumaron a la resistencia, reforzaron la casa de Juan. Las paredes se expandieron, y con ellas, también los vínculos y las tensiones.
Fue entonces cuando cayó el primer proyectil.
—¡Al suelo! —gritó Favalli.
Una explosión sacudió la cuadra. No era un accidente. No era un misil común. Desde el cielo, algo estaba atacando. Con precisión quirúrgica, como si alguien —o algo— supiera dónde estaban.
Los drones, una especie de esferas luminosas llamadas “cascarudos”, comenzaron a sobrevolar la zona. No eran humanos. No eran máquinas humanas. Eran otra cosa. Inteligentes. Inquietantes.
—Esto es una invasión —sentenció Favalli, mientras desmontaba uno de los artefactos que lograron derribar—. Y no es terrestre.
La teoría más temida tomó forma. Alguien —o algo— había lanzado una ofensiva perfecta: primero la nieve letal, luego el aislamiento, y ahora los ataques selectivos.