El Eternauta
El Eternauta Atrapados entre la paranoia y la estrategia, los protagonistas comenzaron a organizarse. Turnos de guardia. Armamento improvisado. Mapas de los alrededores. Comunicaciones de corto alcance. Se convirtieron en soldados sin entrenamiento, con un único propósito: sobrevivir.
Y entonces llegó el mensaje.
Una señal de radio, intermitente, proveniente de un punto en la ciudad. Una voz humana, esperanzadora. Un núcleo de resistencia. Juan y los demás se miraron. Lo sabían.
—Tenemos que salir. Ir hacia esa señal —dijo Juan, con los ojos firmes.
La casa ya no era suficiente. La guerra había llegado a sus puertas.
Exploración, muerte y encuentros con otras almas supervivientes.
Vestidos con sus trajes de goma, con máscaras que les daban una respiración artificial y una humanidad postiza, Juan, Favalli, Franco, Pablo y otros hombres dejaron atrás la casa que durante días había sido su mundo. Lo hicieron en silencio, caminando entre los cuerpos congelados de vecinos y desconocidos, sabiendo que cada paso los alejaba un poco más de lo seguro —y los acercaba a lo inevitable.