La IlÃada
La IlÃada 109 —Corre, buen hijo de Capaneo, baja del carro y arráncame del hombro la amarga flecha.
111 Asà dijo. Esténelo saltó del carro al suelo, se le acercó, y sacóle del hombro la aguda flecha; la sangre chocaba, al salir a borbotones, contra las mallas de la túnica. Y entonces Diomedes, valiente en el combate, hizo esta plegaria:
115 —¡Óyeme, hija de Zeus, que lleva la égida! ¡Indómita! Si alguna vez amparaste benévola a mi padre en la cruel guerra, séme ahora propicia, ¡oh Atenea!, y haz que se ponga a tiro de lanza y reciba la muerte de mi mano quien se me anticipó hiriéndome, y ahora se jacta de que pronto dejaré de contemplar la fúlgida luz del sol.
121 Asà dijo rogando. Palas Atenea lo oyó, agilizóle los miembros todos y especialmente los pies y las manos, y poniéndose a su lado pronunció estas aladas palabras:
124 —Cobra ánimo, Diomedes, y pelea con los troyanos; pues ya infundà en tu pecho el paterno intrépido valor que acostumbraba tener el jinete Tideo, agitador del escudo, y aparté la niebla que cubrÃa tus ojos para que en la batalla conozcas bien a los dioses y a los hombres. Si alguno de aquéllos viene a tentarte, no quieras combatir con los inmortales; pero, si se presentara en la lid Afrodita, hija de Zeus, hiérela con el agudo bronce.