La IlĂada
La IlĂada 217 ReplicĂłle Eneas, caudillo de los troyanos:
218 —No hables asĂ. Las cosas no cambiarán hasta que, montados nosotros en el carro, acometamos a ese hombre y probemos la suerte de las armas. Sube a mi carro, para que veas cuáles son los corceles de Tros y cĂłmo saben asĂ perseguir acá y acullá de la llanura como huir ligeros; ellos nos llevarán salvos a la ciudad, si Zeus concede de nuevo la victoria a Diomedes Tidida. Ea, coma el látigo y las lustrosas riendas, y bajarĂ© del carro para combatir; o encárgate tĂş de pelear, y yo me cuidarĂ© de los caballos.
229 ContestĂł el preclaro hijo de LicaĂłn:
230 —¡Eneas! Recoge tĂş las riendas y guĂa los corceles, porque tirarán mejor del corvo carro obedeciendo al auriga a que están acostumbrados, si nos pone en fuga el hijo de Tideo. No sea que, echando de menos tu voz, se espanten y desboquen y no quieran sacarnos de la liza, y el hijo del magnánimo Tideo nos embista y mate y se lleve los solĂpedos caballos. GuĂa, pues, el carro y los corceles, y yo con la aguda lanza esperarĂ© su acometida.
239 Asà hablaron; y, subidos en el labrado carro, guiaron animosamente los briosos corceles en derechura al Tidida. Advirtiólo Esténelo, preclaro hijo de Capaneo, y al punto dijo al Tidida estas aladas palabras: