La Ilíada
La Ilíada 130 Entonces gran estrago e irreparables males se hubieran producido y los troyanos habrían sido encerrados en Ilio como corderos, si al punto no lo hubiese advertido el padre de los hombres y de los dioses. Tronando de un modo espantoso, despidió un ardiente rayo para que cayera en el suelo delante de los caballos de Diomedes; el azufre encendido produjo una terrible llama; los corceles, asustados, acurrucáronse debajo del carro; las lustrosas riendas cayeron de las manos de Néstor, y éste, con miedo en el corazón, dijo a Diomedes:
139 —¡Tidida! Tuerce la rienda a los solípedos caballos y huyamos. ¿No conoces que la protección de Zeus ya no te acompaña? Hoy Zeus Cronida otorga a ése la victoria; otro día, si le place, nos la dará a nosotros. Ningún hombre, por fuerte que sea, puede impedir los propósitos de Zeus, porque el dios es mucho más poderoso.
145 Respondióle Diomedes, valiente en la pelea:
146 —Sí, anciano, oportuno es cuanto acabas de decir, pero un terrible pesar me llega al corazón y al alma. Quizá diga Héctor, arengando a los troyanos: «El Tidida llegó a las naves, puesto en fuga por mi lanza» Así se jactará; y entonces ábraseme la vasta tierra.
151 Replicóle Néstor, caballero gerenio: