La Ilíada

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152 —¡Ay de mí! ¡Qué dijiste, hijo del belicoso Tideo! Si Héctor te llamare cobarde y flaco, no lo creerán ni los troyanos, ni los dardanios, ni las mujeres de los troyanos magnánimos, escudados, cuyos esposos florecientes derribaste en el polvo.

157 Dichas estas palabras, volvió la rienda a los solípedos caballos, y empezaron a huir por entre la turba. Los troyanos y Héctor, promoviendo inmenso alboroto, hacían llover sobre ellos dañosos tiros. Y el gran Héctor, el de tremolante casco, gritaba con voz recia:

161 —¡Tidida! Los dánaos, de ágiles corceles, te cedían la preferencia en el asiento y te obsequiaban con carne y copas de vino; mas ahora te despreciarán, porque te has vuelto como una mujer. Anda, tímida doncella; ya no escalarás nuestras torres, venciéndome a mí, ni te llevarás nuestras mujeres en las naves, porque antes te daré la muerte.

167 Así dijo. El Tidida estaba indeciso entre seguir huyendo o torcer la rienda a los corceles y volver a pelear. Tres veces se le presentó la duda en la mente y en el corazón, y tres veces el próvido Zeus tronó desde los montes ideos para anunciar a los troyanos que suya sería en aquel combate la inconstante victoria. Y Héctor los animaba, diciendo a voz en grito:


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