La IlÃada
La IlÃada 561 —¡Ah, desdichada! Siempre sospechas y de ti no me oculto. Nada, empero, podrás conseguir sino alejarte de mi corazón; lo cual todavÃa te será más duro. Si es cierto lo que sospechas, asà debe de serme grato. Pero siéntate en silencio y obedece mis palabras. No sea que no te valgan cuantos dioses hay en el Olimpo, acercándose a ti, cuando te ponga encima mis invictas manos.
569 Asà dijo. Temió Hera veneranda, la de ojos de novilla, y, refrenando el coraje, sentóse en silencio. Indignáronse en el palacio de Zeus los dioses celestiales. Y Hefesto, el ilustre artÃfice, comenzó a arengarlos para consolar a su madre Hera, la de los nÃveos brazos:
573 —Funesto e insoportable será lo que ocurra, si vosotros disputáis asà por los mortales y promovéis alborotos entre los dioses; ni siquiera en el banquete se hallará placer alguno, porque prevalece lo peor. Yo aconsejo a mi madre, aunque ya ella tiene juicio, que obsequie al padre querido, a Zeus, para que no vuelva a reñirla y a turbarnos el festÃn. Pues, si el OlÃmpico fulminador quiere echarnos del asiento… nos aventaja mucho en poder. Pero halágalo con palabras cariñosas y enseguida el OlÃmpico nos será propicio.
584 De este modo habló y, tomando una copa de doble asa, ofrecióla a su madre, diciendo: