La Ilíada

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136 Los troyanos acometieron unidos, siguiendo a Héctor, que deseaba ir en derechura a los aqueos. Como la piedra insolente que cae de una cumbre y lleva consigo la ruina, porque se ha desgajado, cediendo a la fuerza de torrencial avenida causada por la mucha lluvia, y desciende dando tumbos con ruido que repercute en el bosque, corre segura hasta el llano, y allí se detiene, a pesar de su ímpetu, de igual modo Héctor amenazaba con atravesar fácilmente por las tiendas y naves aqueas, matando siempre, y no detenerse hasta el mar; pero encontró las densas falanges, y tuvo que hacer alto después de un violento choque. Los aqueos le afrontaron; procuraron herirlo con las espadas y lanzas de doble filo, y apartáronle de ellos, de suerte que fue rechazado, y tuvo que retroceder. Y con voz penetrante gritó a los troyanos:

150 —¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo a cuerpo peleáis! Persistid en el ataque; pues los aqueos no me resistirán largo tiempo, aunque se hayan formado en columna cerrada; y creo que mi lanza les hará retroceder pronto, si verdaderamente me impulsa el dios más poderoso, el tonante esposo de Hera.




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