La Ilíada

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378 Así dijo, y ellos le escucharon y obedecieron. Los mismos reyes —el Tidida, Ulises y el Atrida Agamenón—, sin embargo de estar heridos, los pusieron en orden de batalla, y, recorriendo las hileras, hacían el cambio de las marciales armas. El esforzado tomaba las más fuertes y daba las peores al que le era inferior. Tan pronto como hubieron vestido el luciente bronce, se pusieron en marcha: precedíales Poseidón, que sacude la tierra, llevando en la robusta mano una espada terrible, larga y puntiaguda, que parecía un relámpago; y a nadie le era posible luchar con el dios en el funesto combate, porque el temor se lo impedía a todos.

388 Por su parte, el esclarecido Héctor puso en orden a los troyanos. Y Poseidón, el de cerúlea cabellera, y el preclaro Héctor, auxiliando éste a los troyanos y aquél a los argivos, extendieron el campo de la terrible pelea. El mar, agitado, llegó hasta las tiendas y naves de los argivos, y los combatientes se embistieron con gran alboroto. No braman tanto las olas del mar cuando, levantadas por el soplo terrible del Bóreas, se rompen en la tierra; ni hace tanto estrépito el ardiente fuego en la espesura del monte, al quemarse una selva; ni suena tanto el viento en las altas copas de las encinas, si arreciando muge; cuánto fue el griterío de troyanos y aqueos en el momento en que, vociferando de un modo espantoso, vinieron a las manos.


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