La Ilíada
La Ilíada 402 El preclaro Héctor arrojó el primero la lanza a Ayante, que contra él arremetía, y no le erró; pero acertó a darle en el sitio en que se cruzaban sobre el pecho la correa del escudo y el tahalí de la espada, guarnecida con argénteos clavos, y ambos protegieron el delicado cuerpo. Irritóse Héctor porque la lanza había sido arrojada inútilmente por su mano, y retrocedió hacia el grupo de sus amigos para evitar la muerte. El gran Ayante Telamonio, al ver que Héctor se retiraba, cogió una de las muchas piedras que servían para calzar las naves y rodaban entonces entre los pies de los combatientes, y con ella le hirió en el pecho, por cima del escudo, junto a la garganta; la piedra, lanzada con ímpetu, giraba como un torbellino. Como viene a tierra la encina arrancada de raíz por el rayo del padre Zeus, despidiendo un fuerte olor de azufre, y el que se halla cerca desfallece, pues el rayo del gran Zeus es formidable, de igual manera, el robusto Héctor dio consigo en el suelo y cayó en el polvo: la pica se le fue de la mano, quedaron encima de él escudo y casco, y la armadura de labrado bronce resonó en torno del cuerpo. Los aqueos corrieron hacia Héctor, dando recias voces, con la esperanza de arrastrarlo a su campo; mas, aunque arrojaron muchas lanzas, no consiguieron herir al pastor de hombres, ni de cerca ni de lejos, porque fue rodeado por los más valientes troyanos —Polidamante, Eneas, el divino Agenor, Sarpedón, caudillo de los licios, y el eximio Glauco—, y los otros tampoco le abandonaron, pues se pusieron delante con sus rodelas. Los amigos de Héctor lo levantaron en brazos, sacáronlo del combate, condujéronle adonde tenía los ágiles corceles con el labrado carro y el auriga, y se lo llevaron hacia la ciudad, mientras daba profundos suspiros.