La IlÃada
La IlÃada 502 Asà dijo; y el velo de la muerte le cubrió los ojos y las narices. Patroclo, sujetándole el pecho con el pie, le arrancó el asta, con ella siguió el diafragma, y salieron a la vez la punta de la lanza y el alma del guerrero. Y los mirmidones detuvieron los corceles de Sarpedón, los cuales anhelaban y querÃan huir desde que quedó vacÃo el carro de sus dueños.
509 Glauco sintió hondo pesar al oÃr la voz de Sarpedón y se le turbó el ánimo porque no podÃa socorrerlo. Apretóse con la mano el brazo, pues le abrumaba una herida que Teucro le habÃa causado disparándole una llecha cuando él asaltaba el altó muro y el aqueo defendÃa a los suyos; y oró de esta suerte a Apolo, el que hiere de lejos:
514 —Óyeme, oh soberano, ya te halles en el opulento pueblo de Licia, ya te encuentres en Troya; pues desde cualquier lugar puedes atender al que está afligido, como lo estoy ahora. Tengo esta grave herida, padezco agudos dolores en el brazo y la sangre no se seca; el hombro se entorpece, y me es imposible manejar firmemente la lanza y pelear con los enemigos. Ha muerto un hombre fortÃsimo, Sarpedón, hijo de Zeus, el cual ya ni a su prole defiende. Cúrame, oh soberano, la grave herida, adormece mis dolores y dame fortaleza para que mi voz anime a los licios a combatir y yo mismo luche en defensa del cadáver.