La Ilíada

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527 Así dijo rogando. Oyóle Febo Apolo y enseguida calmó los dolores, secó la negra sangre de la grave herida e infundió valor en el ánimo del troyano. Glauco, al notarlo, se holgó de que el gran dios hubiese escuchado su ruego. Enseguida fue por todas partes y exhortó a los capitanes licios para que combatieran en torno de Sarpedón. Después, encaminóse a paso largo hacia los troyanos; buscó a Polidamante Pantoida, al divino Agenor, a Eneas y a Héctor armado de broncé; y, deteniéndose cerca de los mismos, dijo estas aladas palabras:

538 —¡Héctor! Te olvidas del todo de los aliados que por ti pierden la vida lejos de los amigos y de la patria tierra, y ni socorrerles quieres. Yace en tierra Sarpedón, el rey de los licios escudados, que con su justicia y su valor gobernaba a Licia. El broncíneo Ares lo ha matado con la lanza de Patroclo. Oh amigos, venid e indignaos en vuestro corazón: no sea que los mirmidones le quiten la armadura e insulten el cadáver, irritados por la muerte de los dánaos, a quienes dieron muerte nuestras picas junto a las veleras naves.





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