La Ilíada

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127 Respondióle Tetis, la de argénteos pies:

128 —Sí, hijo, es justo, y no puede reprobarse que libres a los afligidos compañeros de una muerte terrible; pero tu magnífica armadura de luciente bronce la tienen los troyanos, y Héctor, el de tremolante casco, se vanagloria de cubrir con ella sus hombros. Con todo eso, me figuro que no durará mucho su jactancia, pues ya la muerte se le avecina. Tú no penetres en la contienda de Ares hasta que con tus ojos me veas volver; y mañana, al romper el alba, vendré a traerte una hermosa armadura fabricada por Hefesto.

138 Cuando así hubo hablado, dejó a su hijo; y volviéndose a sus hermanas de la mar, les dijo:

140 —Bajad vosotras al anchuroso seno del mar para ver al anciano marino y el palacio del padre, a quien se lo contaréis todo; y yo subiré al elevado Olimpo para que Hefesto, el ilustre artífice, dé a mi hijo una magnífica y reluciente armadura.

142 Así habló. Las nereidas se sumergieron prestamente en las olas del mar, y Tetis, la diosa de argénteos pies, enderezó sus pasos al Olimpo para procurar a su hijo las magníficas armas.


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