La Ilíada

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148 Mientras la diosa se encaminaba al Olimpo, los aqueos, de hermosas grebas, huyendo con gritería inmensa a vista de Héctor, matador de hombres, llegaron a las naves y al Helesponto; y ya no podían sacar fuera de los tiros el cadáver de Patroclo, escudero de Aquiles, porque de nuevo los alcanzaron los troyanos con sus carros y Héctor, hijo de Príamo, que por su vigor parecía una llama. Tres veces el esclarecido Héctor asió a Patroclo por los pies e intentó arrastrarlo, exhortando con horrendos gritos a los troyanos; tres veces los dos Ayantes, revestidos de impetuoso valor, le rechazaron. Héctor, confiando en su fuerza, unas veces se arrojaba a la pelea, otras se detenía y daba grandes voces, pero nunca se retiraba del todo. Como los pastores pasan la noche en el campo y no consiguen apartar de la presa a un fogoso león muy hambriento; de semejante modo, los belicosos Ayantes no lograban ahuyentar del cadáver a Héctor Priámida. Y éste lo arrastrara, consiguiendo inmensa gloria, si no se hubiese presentado al Pelión, para aconsejarle que tomase las armas, la veloz Iris, de pies ligeros como el viento; a la cual enviaba Hera, sin que lo supieran Zeus ni los demás dioses. Colocóse la diosa cerca de Aquiles y pronunció estas aladas palabras:




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