La IlÃada
La IlÃada 78 —¡Oh amigos, héroes dánaos, servidores de Ares! Bueno será que escuchéis sin interrumpirme, pues lo contrario molesta hasta al que está ejercitado en hablar. ¿Cómo se podrÃa oÃr o decir algo en medio del tumulto producido por muchos hombres? TurbarÃase el orador aunque fuese elocuente. Yo me dirigiré al Pelida; pero vosotros, los demás argivos, prestadme atención y cada uno penetre bien mis palabras. Muchas veces los aqueos me han dirigido las mismas Palabras, increpándome por lo ocurrido, y yo no soy el culpable, sino Zeus, la Parca y Erinia, que vaga en las tinieblas; los cuales hicieron padecer a mi alma, durante el ágora, cruel ofuscación el dÃa en que le arrebaté a Aquiles la recompensa. Mas, ¿qué podÃa hacer? La divinidad es quien lo dispone todo. Hija veneranda de Zeus es la perniciosa Ofuscación, a todos tan funesta: sus pies son delicados y no los acerca al suelo, sino que anda sobre las cabezas de los hombres, a quienes causa daño, y se apodera de uno, por lo menos, de los que contienden. En otro tiempo fue aciaga para el mismo Zeus, que es tenido por el más poderoso de los hombres y de los dioses; pues Hera, no obstante ser hembra, le engañó cuando Alcmena habÃa de parir al fornido Heracles en Teba, ceñida de hermosas murallas. El dios, gloriándose, dijo asà ante todas las deidades: «OÃdme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en el pecho mi corazón me dicta. Hoy Ilitia, la que preside los partos, sacará a luz un varón que, perteneciendo a la familia de los hombres engendrados de mi sangre, reinará sobre todos sus vecinos». Y hablándole con astucia, le replicó la venerable Hera: «Mentirás, y no llevarás al cabo lo que dices. Y si no, ea, OlÃmpico, jura solemnemente que reinará sobre todos sus vecinos el niño que, perteneciendo a la familia de los hombres engendrados de tu sangre, caiga hoy entre los pies de una mujer». Asà dijo; Zeus, no sospechando el dolo, prestó el gran juramento que tan funesto le habÃa de ser. Pues Hera dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo, y pronto llegó a Argos de Acaya, donde vivÃa la esposa ilustre de Esténelo Persida; y, como ésta se hallara encinta de siete meses cumplidos, la diosa sacó a luz el niño, aunque era prematuro, y retardó el parto de Alcmena, deteniendo a las Ilitias. Y enseguida participóselo a Zeus Cronida, diciendo: «¡Padre Zeus, fulminador! Una noticia tengo que darte. Ya nació el noble varón que reinará sobre los argivos: Euristeo, hijo de Esténelo Persida, descendiente tuyo. No es indigno de reinar sobre aquéllos». Asà dijo, y un agudo dolor penetró el alma del dios, que, irritado en su corazón, cogió a Ofuscación por los nÃtidos cabellos y prestó solemne juramento de que Ofuscación, tan funesta a todos, jamás volverÃa al Olimpo y al cielo estrellado. Y, volteándola con la mano, la arrojó del cielo. Enseguida llegó Ofuscación a los campos cultivados por los hombres. Y Zeus gemÃa por causa de ella, siempre que contemplaba a su hijo realizando los penosos trabajos que Euristeo le iba imponiendo. Por esto, cuando el gran Héctor, el de tremolante casco, mataba a los argivos junto a las popas de las naves, yo no podÃa olvidarme de Ofuscación, cuyo funesto influjo habÃa experimentado. Pero ya que falté y Zeus me hizo perder el juicio, quiero aplacarte y hacerte muchos regalos, y tú ve al combate y anima a los demás guerreros. Voy a darte cuanto ayer lo ofreció en tu tienda el divino Ulises. Y si quieres, aguarda, aunque estés impaciente por combatir, y mis servidores traerán de la nave los presentes para que veas si son capaces de apaciguar tu ánimo los que te brindo.