La IlÃada
La IlÃada 258 —Sean testigos Zeus, el más excelso y poderoso de los dioses, y luego la Tierra, el Sol y las Erinias que debajo de la tierra castigan a los muertos que fueron perjuros, de que jamás he puesto la mano sobre la joven Briseide para yacer con ella ni para otra cosa alguna, sino que en mi tienda ha permanecido intacta. Y si en algo perjurare, envÃenme los dioses los muchÃsimos males con que castigan al que, jurando, contra ellos peca.
266 Dijo; y con el cruel bronce degolló el jabalà que Taltibio arrojó, haciéndole dar vueltas, a gran abismo del espumoso mar para pasto de los peces. Y Aquiles, levantándose entre los belicosos argivos, habló en estos términos:
270 —¡Zeus padre! Grandes son los infortunios que mandas a los hombres. Jamás el Atrida me hubiera suscitado el enojo en el pecho, ni hubiese tenido poder para arrebatarme la joven contra mi voluntad; pero sin duda querÃa Zeus que muriesen muchos aqueos. Ahora id a comer para que luego trabemos el combate.
276 Asà se expresó; y al momento disolvió el ágora. Cada uno volvió a su respectiva nave. Los magnánimos mirmidones se hicieron cargo de los presentes, y, llevándolos hacia, el bajel del divino Aquiles, dejáronlos en la tienda, dieron sillas a las mujeres, y servidores ilustres guiaron a los caballos al sitio en que los demás estaban.