La Ilíada
La Ilíada 318 Cuando Poseidón, que sacude la tierra, oyó estas palabras, fuese; y andando por la liza, entre el estruendo de las lanzas, llegó adonde estaban Eneas y el ilustre Aquiles. Al momento cubrió de niebla los ojos del Pelida Aquiles, arrancó del escudo del magnánimo Eneas la lanza de fresno con punta de bronce que depositó a los pies de aquél, y arrebató al troyano alzándolo de la tierra. Eneas, sostenido por la mano del dios, pasó por cima de muchas filas de héroes y caballos hasta llegar al otro extremo del impetuoso combate, donde los caucones se armaban para pelear. Y entonces Poseidón, que sacude la tierra, se le presentó, y le dijo estas aladas palabras:
332 —¡Eneas! ¿Cuál de los dioses te ha ordenado que cometieras la locura de luchar cuerpo a cuerpo con el animoso Pelión, que es más fuerte que tú y más caro a los inmortales? Retírate cuantas veces le encuentres, no sea que lo haga descender a la morada de Hades antes de lo dispuesto por el hado. Mas, cuando Aquiles haya muerto, por haberse cumplido su destino, pelea confiadamente entre los combatientes delanteros, que no te matará ningún otro aqueo.
340 Así diciendo, dejó a Eneas allí, después que le hubo amonestado y apartó la obscura niebla de los ojos de Aquiles. Éste volvió a ver con claridad, y, gimiendo, a su magnánimo espíritu le decía: