La IlÃada
La IlÃada 344 —¡Oh dioses! Grande es el prodigio que a mi vista se ofrece: esta lanza yace en el suelo y no veo al varón contra quien la arrojé, con intención de matarle. Ciertamente a Eneas le aman los inmortales dioses; ¡y yo creÃa que se jactaba de ello vanamente! Váyase, pues; que no tendrá ánimo para medir de nuevo sus fuerzas conmigo, quien ahora huyó gustoso de la muerte. Exhortaré a los belicosos dánaos y probaré el valor de los demás enemigos, saliéndoles al encuentro.
333 Dijo; y, saltando por entre las filas, animaba a los guerreros:
334 —¡No permanezcáis alejados de los troyanos, divinos aqueos! Ea, cada hombre embista a otro y sienta anhelo por pelear. DifÃcil es que yo solo, aunque sea valiente, persiga a tantos guerreros y con todos luche; y ni a Ares, que es un dios inmortal, ni a Atenea, les serÃa posible recorrer un campo de batalla tan vasto y combatir en todas panes. En lo que puedo hacer con mis manos, mis pies o mi fuerza, no me muestro remiso. Entraré por todos lados en las hileras de las falanges enemigas, y me figuro que no se alegrarán los troyanos que a mi lanza se acerquen.
364 Con estas palabras los animaba. También el esclarecido Héctor exhortaba a los troyanos, dando gritos, y aseguraba que saldrÃa al encuentro de Aquiles: