La IlÃada
La IlÃada 426 —¡AntÃloco! De temerario modo guÃas el carro. Detén los corceles; que ahora el camino es angosto, y enseguida, cuando sea más ancho, podrás ganarme la delantera. No sea que choquen los carros y seas causa de que recibamos daño.
429 Asà dijo. Pero AntÃloco, como si no le oyese, hacÃa correr más a sus caballos picándolos con el aguijón. Cuanto espacio recorre el disco que tira un joven desde lo alto de su hombro para probar la fuerza, tanto aquéllos se adelantaron. Las yeguas del Atrida cejaron, y él mismo, voluntariamente, dejó de avivarlas; no fuera que los solÃpedos caballos, tropezando los unos con los otros, volcaran los fuertes carros, y ellos cayeran en el polvo por el anhelo de alcanzar la victoria. Y el rubio Menelao, reprendiendo a AntÃloco, exclamó:
439 —¡AntÃloco! Ningún mortal es más funesto que tú. Ve enhoramala; que los aqueos no estábamos en lo cierto cuando te tenÃamos por sensato. Pero no te llevarás el premio sin que antes jures.
442 Después de hablar asÃ, animó a sus caballos con estas palabras:
443 —No aflojéis el paso, ni tengáis el corazón afligido. A aquéllos se les cansarán los pies y las rodillas antes que a vosotros, pues ya ambos pasaron de la edad juvenil.